Un ejemplo de las trabajadoras sexuales

Autor: Guillermo Giacosa

Los frecuentes debates en torno a la conducta sexual suelen estar infectados de prejuicios y verdades a medias. Los 'iluminados’ que dicen conocer la voluntad divina–y que posiblemente su falta de humildad les haga creer en tamaña afirmación– suelen aportar argumentos peligrosamente irracionales, cuando no lesivos a la salud mental y física de los seres humanos.

Me pregunto cuántas personas habrán hecho ingresar el virus del sida a su organismo por no utilizar el condón que los iluminados satanizan. Y cuántos niños padecerán abandono y condiciones miserables de vida por la misma razón. Todos conocemos el tema pero solemos juzgar desde nuestros prejuicios, hacinados groseramente en la parte emocional del cerebro, olvidando la razón que la naturaleza –o Dios, según creencias– nos ha regalado en abundancia aunque no siempre nos hagamos cargo de ello. La razón conduce en estos casos a lo que se da en llamar 'pecado’ y colisiona con las fuertes emociones en las que se ha quedado anquilosado el pensamiento. Curiosamente las expresiones concretas de amor al prójimo suelen aparecer donde la sociedad menos las espera. Un ejemplo de esto es el Sindicato de Mujeres Trabajadoras Sexuales de la Argentina (Ammar), quien recibió el premio que las Naciones Unidas otorga por los logros obtenidos en la prevención del VIH/sida.

Hablo de las trabajadoras sexuales, otrora satanizadas y siempre discriminadas, como quienes más han aportado en la Argentina a la lucha contra ese flagelo. Resulta curioso que quienes predican el amor espiritual contribuyan a la difusión de un mal con consejos medievales y quienes practican el abominado amor físico a cambio de dinero, sean quienes más hayan contribuido a evitarla. Difícil, sin duda, será prever nuestras conductas con respecto a esa profesión. Las mismas mujeres de Ammar dicen: “Académicos y académicas disertan sobre nosotras sin conocernos ni darnos la palabra: eso también es violencia”, y piden proteger a las víctimas de la trata, a las que “tras rescatarlas las reenvían a sus lugares de origen, donde vuelven a caer en las mismas redes”, distinguiéndolas de “las mujeres que ejercemos el trabajo sexual sin que nadie nos obligue”.

La secretaria general de dicha organización, que a la vez lo es de la Red de Mujeres Trabajadoras Sexuales de Latinoamérica y el Caribe, ha dicho, en vísperas de ir a Viena a recoger el premio de Naciones Unidas, una frase sobre la que, adormeciendo transitoriamente nuestros prejuicios, habría que pensar: “Si es mi cuerpo y mi decisión, si es mi manera de ganarme la vida y si, a veces, la paso bien, ¿cuál es el problema?”. Imagino muchas muecas de horror, pero imagino también que esta alucinada sociedad, con tantos y tan frecuentes cambios materiales, tiene que estar obrando unos pequeños milagros que sacudan nuestras neuronas y nos lleven a apostar por un mundo donde la emoción y la razón sirvan para apuntalar el respeto por la persona humana, cualquiera sea su condición.

Fuente: http://peru21.pe/

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Visto 636 veces Modificado por última vez en Martes, 13 Agosto 2013 20:58